Las principales manifestaciones incluyen la depresión (35–40%), que no es solo reactiva sino de base neurobiológica; la ansiedad (30–60%), frecuentemente comórbida; la apatía (hasta 60%), caracterizada por disminución de la motivación; la psicosis, con alucinaciones visuales como las más comunes y una prevalencia acumulada de hasta 60% en fases avanzadas; y el deterioro cognitivo y demencia, con riesgo acumulado significativo a largo plazo. También son frecuentes los trastornos del sueño, como insomnio, somnolencia diurna y trastorno de conducta en sueño REM.
Existe una progresión no lineal: en fases tempranas predominan depresión, ansiedad y trastornos del sueño, mientras que en fases avanzadas aparecen apatía, psicosis y demencia, aunque algunos síntomas pueden surgir precozmente.
Desde el punto de vista fisiopatológico, estas manifestaciones reflejan una disfunción multisistémica, con alteraciones en los sistemas dopaminérgico, serotoninérgico y noradrenérgico, así como en circuitos fronto-subcorticales, límbicos y prefrontales. La degeneración serotoninérgica es el mecanismo detrás de la depresión, ansiedad y apatía, junto con cambios en la conectividad cerebral y acumulación de α-sinucleína.
El tratamiento dopaminérgico, aunque esencial, puede inducir o exacerbar síntomas psiquiátricos, como psicosis, trastornos del control de impulsos (juego, compras, hipersexualidad) y fluctuaciones afectivas, siendo el riesgo mayor con agonistas dopaminérgicos.
Clínicamente, estas manifestaciones son parte integral de la EP y requieren evaluación sistemática. Su impacto puede ser mayor que el de los síntomas motores, por lo que el manejo debe ser multidisciplinario, incluyendo ajustes farmacológicos, intervenciones psiquiátricas y apoyo psicosocial.