Entre las más comunes se encuentran la depresión, ansiedad, deterioro cognitivo y fatiga. La depresión destaca por su frecuencia y su impacto en la adherencia al tratamiento y el riesgo de suicidio. El deterioro cognitivo puede presentarse desde etapas tempranas, afectando principalmente la velocidad de procesamiento, la memoria y las funciones ejecutivas. La fatiga, por su parte, es un síntoma central, persistente y desproporcionado, que no mejora con el descanso.
La desmielinización y las lesiones en sustancia blanca alteran la conectividad cerebral, especialmente en circuitos fronto-subcorticales y límbicos. A esto se suma la neuroinflamación crónica y la neurodegeneración progresiva, con atrofia de estructuras como el tálamo y el hipocampo.
Clínicamente, pueden preceder a los síntomas neurológicos clásicos, lo que sugiere un inicio temprano de los procesos neuroinmunológicos. Su impacto es significativo: afectan la funcionalidad, la capacidad laboral, las relaciones interpersonales y la adherencia terapéutica.
El abordaje debe incluir una evaluación cognitiva y del estado de ánimo desde etapas tempranas. El tratamiento combina terapias modificadoras de la enfermedad con intervenciones sintomáticas, destacando la rehabilitación cognitiva, el manejo psiquiátrico y un enfoque multidisciplinario.